El siguiente texto fue escrito especialmente para Diseño Público por el destacado político e intelectual inglés Matthew Taylor. En él, el autor argumenta la emergencia de un nuevo paradigma para pensar y hacer políticas públicas al que llama “más allá de las políticas”, y que aspira a enfrentar la complejidad de los problemas públicos desde una óptica pragmática, colaborativa, innovadora y de cara a la ciudadanía. La traducción es de Diseño Público. Puedes leer acá la versión original en inglés.

“La actual brújula política está enraizada en supuestos de medio siglo atrás… mientras que la teoría económica y social ha evolucionado, el modelo para hacer políticas no lo ha hecho”.
David Colander & Roland Kupers

Alrededor del mundo –en países muy diferentes que enfrentan problemas muy diversos– está emergiendo un nuevo paradigma para el cambio social intencionado que es a la vez estimulante y progresista. Le llamo “más allá de las políticas”. Si bien este nuevo paradigma tiene mucho que proponer, su punto de partida es una serie de criticas relacionadas –algunas bastante nuevas, otras muy antiguas– sobre la forma tradicional de pensar los cambios sociales y los procesos para elaborar políticas públicas.

Una vertiente se focaliza en los problemas que los procesos de decisión de aquellas formas de hacer políticas, tienen con la complejidad y el ritmo de cambio en el mundo moderno. Por ejemplo, David Colander y Roland Kupers en su reciente libro “Complexity and the art of Public Policy”, dicen que “la actual brújula política está enraizada en supuestos de medio siglo atrás… mientras que la teoría económica y social ha evolucionado, el modelo para hacer políticas no lo ha hecho. Y es precisamente esta tradicional brújula política la que está descarrilando la discusión sobre políticas públicas”. Los antiguos procesos lineales no pueden hacer frente a los “problemas difíciles y retorcidos” (n.t. “wicked-problems”) que plantea un mundo complejo, tales como la profunda desigualdad o responder al cambio climático.

Una segunda vertiente –muchas veces aplicada en las reformas de los servicios públicos– sostiene que la naturaleza relacional de estos servicios significa que el cambio no se puede hacer sobre las personas sino que este se debe negociar continuamente con ellas, dejando el mayor espacio posible para la discrecionalidad local en la interfaz entre licitante público-proveedor y entre el ciudadano-usuario del servicio. La Royal Society of Arts (RSA) identifica el criterio clave para el éxito del servicio público como la “productividad social”: que es el grado en que las intervenciones alientan y permiten a las personas ser capaces de contribuir a la satisfacción de sus propias necesidades.

El pensamiento del diseño (n.t. “design thinking”) provee otro, tal vez más elegante, mecanismo con el cual derribar los métodos tradicionales de hacer políticas públicas. Acá el contraste es entre los métodos esquemáticos, inflexibles, aversos al riesgo e inefectivos del hacedor de políticas versus el método pragmático, riesgoso, de fácil comprensión y experimental de los diseñadores. Alrededor del mundo, gobiernos locales y nacionales –ahora incluyendo a Chile al crear su primer laboratorio de Gobierno- están tratando de incorporar la perspectiva del diseño en los procesos de decisión de políticas.

Conectado a la crítica desde el diseño, el surgimiento de lo que se refiere a veces como organizaciones “abiertas” desafía muchos aspectos del modelo tecnocrático de los expertos hacedores de políticas que están enquistados en los gobiernos centrales o locales. Cuando se espera transparencia y el secreto es cada vez más difícil de mantener, y cuando la innovación es vital, pero cada vez más es vista ocurriendo en los difusos márgenes de las organizaciones, en ese momento todos nos volvemos potenciales expertos en políticas públicas.

Una última vertiente es más ideológica e idealista. Siguiendo la tradición cívica republicana, los “beyonders” (n.t. “los que van más allá de las políticas”) persiguen un modelo de cambio donde lo “público” tiene el derecho y responsabilidad de ser el sujeto y no el objeto. Existe, por ejemplo, una distinción hecha muchos años atrás por el historiador Peter Clarke entre tradiciones “morales” y “mecánicas” en el movimiento Laborista Británico. La primera (favorecida por los “beyonders”) se refiere a la incorporación de los valores progresistas en los corazones y mentes de los ciudadanos, los que serán los encargados de construir una sociedad mejor, mientras que la segunda se focaliza en adquirir poder para que los que lo detentan puedan moldear un mundo más justo y mejor de acuerdo a su gran plan.

Tal vez el mayor desafío del paradigma de “más allá de las políticas” es que requiere cambios fundamentales no solo en la forma que hacemos políticas públicas, sino en cómo pensamos la política, la rendición de cuentas y la responsabilidad social.

La definición de diccionario de “políticas” es: “un curso o principio de acción adoptado o propuesto por una organización o individuo”. Entonces, las más obvia de las objeciones a esta idea de “más allá de las políticas” es que es… simplemente una política. Los “beyonders” no son anarquistas. La cuestión aquí no se trata de si la gente en el poder debiese tomar las decisiones; después de todo, es porque se considera que son propensos a tomar buenas decisiones por lo que han sido investidos de autoridad. Las diferencias entre los campos “tradicionales” y “más allá” de las políticas” son en la práctica muy sutiles.

Los “beyonders” ponen gran énfasis en los ciudadanos no sólo comprometiéndose con decisiones sino que también como parte de la implementación. Reconocemos la importancia de objetivos claros y explícitos y de métricas consensuadas, pero en vez de concebirlas como grabadas en piedra, debemos concebirlas como consecuencia de una conversación auténticamente liderada y abiertamente convocada usando un nuevo estilo de autoridad dispersa y compartida.

Los “beyonders” son propensos a ver la movilización social como un precedente o posiblemente como alternativa a los procesos legislativos, mientras que los tradicionalistas tenderán a ver la movilización como algo que ocurre después que las políticas se han acordado por expertos. Además, los Beyonders tendemos a ser descentralizadores, buscando devolver los procesos de decision al nivel donde los discursos entre hacedores de políticas y ciudadanos ocurran de manera más constructiva y sensible.

Otro desafío razonable para este nuevo paradigma es que no puede ser igualmente aplicado a todas las áreas de las políticas. Cuando se trata, por ejemplo, de intervenciones militares o inversiones de infraestructura, ¿necesitamos decisiones claras formuladas desde arriba y luego impuestas a pesar de todo?

Aún en estos casos no es tan claro. Una de las razones de por que tenemos mala infraestructura en áreas como transporte o energía es porque en los procesos de toma de decisiones (no solo los legisladores sino que aquellos funcionarios pagados para asesorar e influenciarlos) prefieren soluciones grandilocuentes (que también tienden a generar oposiciones grandilocuentes) a soluciones más evolutivas, innovadoras o locales. Y así como como los militares y policías saben: sin conquistar corazones y mentes, muchas de las soluciones castrenses fracasan en subsistir. Los Carabineros en Chile, por ejemplo, han invertido mucho en técnicas de comunicación efectiva con los ciudadanos.

Tal vez el mayor desafío del paradigma de “más allá de las políticas” es que requiere cambios fundamentales no solo en la forma que hacemos políticas públicas, sino en cómo pensamos la política, la rendición de cuentas y la responsabilidad social. La solidez de la manera tradicional de aproximarse a las políticas está contenido dentro de un sistema que le es difícil lidiar con un material mucho más liquido de “más allá de las políticas”.

Reflexionando acerca de la forma que tenemos de pensar el mundo, la revolución de los “beyonders” requiere acciones en muchos niveles. La innovación nos muestra una mejor manera de hacer cambios que perduren. Ver por ejemplo el trabajo de Bruce Katz y Jennifer Bradley del Brookings Institute en los avances hechos por las metrópolis, muchas veces basados en el poder de convocatoria de los alcaldes. Incluídos en los rankings de la nueva generación de “beyonders” están los organizadores sociales y comunitarios, etnógrafos, analistas de “big data” y diseñadores de servicios. Ellos pueden decirnos por qué la forma tradicional de hacer políticas es un problema y rara vez la consideran como la manera de encontrar soluciones. También hay académicos y respetados ex hacedores de políticas (como la ex ministra de Estado Canadiense Jocelyne Bourgon) ayudando a proveer claridad conceptual y credibilidad profesional al proyecto.

“Más allá de la política” es un movimiento en curso, pero aún reconociendo sus defectos y carencias, no debemos olvidar las insuficiencias notorias de los sistemas tradicionales, o que la clase política siga, en general, aferrandose firmemente a ellos.

Si el problema fuera simplemente que las politicas y promesas no se cumplieran sería bastante malo. Pero es peor. Los politicos sienten que pagan un alto precio por promesas incumplidas, por lo que si son electos, ellos exigen que la máquina intente “entregar servicios” sin considerar si la política tiene sentido o a pesar de cualquier aprendizaje que apunte a la necesidad de cambiar de rumbo. El resultado es a menudo una lista de prioridades distorsionadas y resultados perversos, junto con la desmoralización y el cinismo instalado entre los servidores públicos.

A ningún director ejecutivo de una gran corporación se le ocurriría atarse en detalle a un plan que se supone durará la mejor parte de cinco años, sin considerar acontecimientos imprevisibles. Pero eso es exactamente lo que aparentemente les pedimos a nuestros políticos que hagan en cada elección, a pesar de que enfrentan tareas y desafíos mucho mas complejos.